El sábado 10 de octubre, poco después de las dos de la tarde, comenzaron a llegar a la puerta principal de la Universidad Central del Ecuador jóvenes con pancartas, banderas, tambores y guitarras. La convocatoria había empezado a circular en redes sociales el 21 de septiembre con una consigna sencilla, «Gobierno vs. el pueblo».
La firmaba un colectivo poco conocido, el Frente Autónomo de Resistencia Organizada (FARO), y llamaba a concentrarse ese día en Quito, Guayaquil, Cuenca, Latacunga, Loja, Napo, Santa Elena, Manta y Portoviejo.
En la convocatoria, los organizadores se adelantaban a cualquier etiqueta: no eran delincuentes ni terroristas, sino ciudadanos que exigían respuestas. Familiares de pacientes renales, de víctimas de la inseguridad o de personas golpeadas por la pobreza. «Llegó la hora de expresarnos, no solo desde un teléfono o una computadora, sino desde las calles», decía el mensaje, que teleSUR difundió la víspera.
La marcha llegó al final de una semana agitada. El miércoles 7, estudiantes de la Universidad de Cuenca habían recibido al presidente Daniel Noboa con gritos de «Fuera Noboa, fuera» en el campus Balzay, en medio de un amplio despliegue de policías y militares. Luego denunciaron el uso de gas pimienta.
Al principio, los manifestantes ocuparon solo la acera. No tardaron en bajar a la calzada. Frente al ingreso del Teatro Universitario cerraron la avenida América, según Expreso, y la Agencia Metropolitana de Tránsito tuvo que anunciar el cierre del tramo norte-sur a la altura de la Ramírez Dávalos. Recomendó a los conductores desviarse por el deprimido hacia la avenida Universitaria.
La columna parecía más una comparsa que una protesta tensa. Cada cierto tramo los jóvenes se detenían a bailar en círculos al ritmo de los tambores, mientras los transeúntes los grababan con sus teléfonos. Entre consigna y consigna se oían los reclamos: falta de medicamentos en los hospitales, recortes en educación superior, desempleo, inseguridad.
Si el pueblo no tiene paz, el gobierno tampoco
Algunos carteles denunciaban restricciones a la libertad de expresión en medios y portales digitales, y otros mencionaban la situación del alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez. Uno resumía el ánimo de la tarde: «Si el pueblo no tiene paz, el gobierno tampoco».